LA COMIDA DEL LORO




Conducido por un vendaval de furia medieval, Prudencio Torres atravesó la entrada del teatro municipal, con tres metros de cabuya enrollada en la mano. Allí acontecía el primer bazar benéfico de «El Costurero», una organización de mujeres que asistía a la niñez vulnerable a través de actividades sociales y de la cual hacía parte su esposa, Angelina. La banda del pueblo tocaba «la puya del diablo» y a su compás la observó distante. Impulsó la soga con tres vueltas en el aire, la dirigió a ella en un movimiento de vaquero experimentado y la enlazó en el primer intento, dejándola inmóvil de un solo tirón. La fuerza del halón la arrojó al suelo y tropezándole con los tobillos de las gentes la arrastró hasta él, para tenderla en sus hombros con una fuerza que obedecía más al orgullo que a su capacidad física. La música no pausó y al fondo, perdiéndose a la vista de todos, Angelina se dejaba llevar a donde a su marido le diera la gana sin entender el motivo de la afrenta, mientras el resto del pueblo lo apreciaba como la vaina más graciosa del mundo.  

Ese día había despertado más temprano de lo habitual. A las tres de la mañana ya había barrido el patio, llenado las tinajas y preparado las almojábanas que se asaban en el horno de barro. Había puesto a hacer el tinto, a cocinar la yuca en el fogón de leña y alistaba la mesa para que su marido, como sagradamente lo hacía, ocupara su taburete a las cinco en punto para devorar su comida y quejarse de un dolor distinto con la boca llena. A las cuatro estuvo lista para salir, dejó el plato de peltre tapado con lo preparado y la olla del tinto reposada en la brasa latente. Diariamente repartía su tiempo vendiendo almojábanas por las calles o distribuyéndolas a las casas clientes hasta antes de las seis. Luego retornaba con su palangana, siempre vacía, a recoger su mochila saturada de los menjurjes para la tos, mal de ojo y pujo que preparaba para los hijos y nietos de sus patronas. A las seis y media ya estaba reforzando los oficios de limpieza donde doña Aidee, una vieja casona de dieciséis alcobas y corredores eternos que aseaba sin dejar ningún espacio menos pulido que el otro, para luego correr a preparar el almuerzo a doña Eucaris y sus veintitrés hijos, de donde porcionaba un poco para ella y Prudencio. Pasado el mediodía estaba de nuevo en casa almorzando con su marido, mientras este solo se dedicaba a pensar en alguna solución para un problema diferente que cada vez aparecía en la casa y que siempre era tema de varones. A las dos de la tarde ya estaba con sus compañeras en la sede de «El Costurero» tejiendo pantaloncitos y camisitas para las donaciones semanales a los niños de los barrios de invasión, y pasadas dos horas precisas, asistía a la casa de don Fermín a organizar milimétricamente, según la exigente estética y enfermiza obsesión de su patrón, los instrumentos musicales que él desordenaba en las mañanas mientras intentaba componer canciones que nunca salían. A las cinco y media hacía las compras para la cena y el desayuno del día siguiente, y volvía a casa a dejar todo listo para que su marido saciara la fatiga antes de escuchar las noticias en la radio e irse a dormir. Los fines de semana dedicaba la mañana a componer nicuros que traían las canoas después de una noche de faena. Le sacaba las vísceras, los lavaba y enhielaba para enviarlos a los pueblos vecinos; de esta forma aportaba un centavo extra a su casa por cada arroba de pescado. No tendría que trabajar tanto, de no ser por un reclamo que a mala hora tuvo hacerle a su marido.

Un día cualquiera en los oficios de la casa, con una curiosidad que nunca antes se le conoció, husmeó los papeles debajo del colchón. Revisó los que tenían algún sello del gobierno y descubrió que en ninguno estaba escrito lo que ella identificaba como su nombre. Sin nada que perder se dirigió a su marido.

–¡Oh, Prude!... ¿no es cierto que me dijiste la vez aquella que algunas de las propiedades que tenemos las ibas a colocar a nombre mío? Pues yo no sabré leer mucho, pero ninguno de estos papeles lo tiene.

Prudencio sin voltear a mirarla y en corto suspiro, respondió.

–Por eso no te vayas a preocupar que pronto se te soluciona.

No acababa la semana cuando llegó trayendo entre sus manos tres hojas largas y amarillas que mostró a su esposa.

–Ahí tienes, para que no te quejes del buen marido que te toco: tres papeles a nombre tuyo.

Angelina asumió el gesto como una promesa cumplida y se alegró de sus nuevas posesiones. Los tomó en la mano, confirmó que decía Angelina Lengua de Torres y los guardó debajo del colchón sin caer en la cuenta que correspondían al recibo de la luz, el agua y el teléfono.

En la cena, embutido de mafufo, Prudencio repuso:

–Ahora como todo eso está a nombre tuyo, tienes que ser tú la que cada mes lleve a las oficinas la cantidad de billetes que diga el numerito que aparece abajito del papel. Ya que eres la dueña de eso, los billeticos también tienes que conseguírtelos tú, para que aprendas lo que cuesta tener cosas en esta vida.

Esa fue la descarada y astuta forma en que Prudencio logró librarse de varias de sus responsabilidades y sintiendo un aireado descanso, descubrió que la genuina aparición de dolores corporales que nunca existían, bajo diagnósticos descontinuados, le servirían para librarse de otras tantas. Fue el tiempo donde Angelina en menos de un mes había doblado sus ocupaciones de ama de casa, que le correspondían de manera directa y natural desde que nació, y ahora de trabajadora ambulante y empleada doméstica para conservar sus nuevos bienes y no volver a ponerlos a nombre de su esposo. Nunca se dio por enterada que era lo que pagaba y, peor aún, que nunca ninguna propiedad estuvo a su nombre.

Esa noche, había hecho lo de siempre: preparó la comida y dejó servida la mesa, lavó los peroles sucios y antes de irse se echó labial, vistió uno de sus trajes de salir, dispuso la cama para el descanso de su esposo y sintonizó la radio en la emisora de deportes para que él solo la encendiera. Mientras volvía amarrada a casa, Angelina solo pensaba que al llegar debía poner a congelar cubetas de hielo y arrear la leña para las labores del fogón. Pero al arribo, Prudencio la dispuso en el piso con tal fuerza que alcanzó a desacomodarle los tuétanos, haciéndole entender que había quedado inútil para siempre. Con respiración ahogada por el esfuerzo, envuelto en ofensas, le dijo.

–Definitivamente no puedo dejarte hacer nada diferente porque las cagas... Me imagino que, en el afán de irte para el fundingue, se te olvidó tapar la comida. Y me dejaste sin comida porque todita se la empujó el loro. ¿Tú crees esa vaina justa conmigo, mija? Me has puesto a aguantar hambre mientras andas joronda allá en la brincadera.

Angelina, ante todo, ante lo bueno y lo malo, reaccionaba con mansedumbre y nobleza que obedecían más a su naturaleza que a su condición de esposa. Era quizá la primera vez en cuarenta y ocho años de matrimonio que tenía un descuido de esos y fue motivo suficiente para que Prudencio descargara su reprimida inconformidad por haber salido dañada para tener hijos.

La suerte de casarse le fue otorgada por don Teodoro, su padre, al enterarse del embarazo a sus diecisiete años. Angelina fue siempre amable. Poseía una providencial astucia que alcanzaba para resolver problemas ajenos, pero que, paradójica, pronto se agotaba para los propios. Vivía sola con su padre después del pronto fallecimiento de su madre. Se dedicaba a las labores del hogar, lo que le ocupaba el tiempo de ir a la escuela. Creció lidiando con desajustadas cantaletas de don Teodoro, a quien la vejez convirtió en pretensioso e inhumano. Una tarde de marzo, después de una procesión de semana santa, conoció a Tomás Enrique, un joven comerciante que visitaba el pueblo en busca de las cargas de panela que allí se producían para transportarla hacia la zona de Bocas de Talacoa donde las distribuía a lo largo del río. Los síntomas de sonrisas inocultables que procedían sus casuales encuentros los aventuró a vivir lo que identificaron como amor. Juntos habían descubierto la providencial hazaña de hacer tangible la magia. En su inocencia que nunca perdió, Angelina terminó embarazada y al cabo de dos semanas su padre lo descubrió. No tuvo tiempo de compartirlo con Tomás Enrique, pues este volvería dentro de dos meses y no había otra forma de comunicación en ese entonces. Teodoro, absorto, indignado y sin ningún otro oficio, ocupó la tarea de buscarle marido para chantarle al pronto nacido. Angelina nunca reveló la identidad del encargado de perjudicarla, pero tenía la esperanza de mostrarlo al mundo cuando volviera. Sus planes no se dieron. A los tres días ya estaba comprometida con Prudencio, y al cabo de una semana ya habían visitado el altar. Su padre la había entrenado para que simulara bien su condición de intocada y la obligó a saciar a su marido hasta cinco veces al día, de manera que no quedara duda de que pronto estaría embarazada y de la legitimidad de su hijo. No fue necesario el remedo de castidad. Al día siguiente de la boda, después de unos cólicos terribles, Angelina liberó en el baño una masa deforme envuelta en mocos y sangre y fue entonces consiente que se trataba de su bebé. Un aborto espontaneo del que no dejó de pensar ni un segundo de su vida. Nunca dijo nada a nadie, ni a su padre, con quien nunca más habló. Pensó que fue un castigo merecido por tomar de mala gana la oportunidad de ser esposa. Se encerró en los enjambres desconsiderados de la soledad y por varios meses dejó de atender a su marido en la cama; se argumentó con el ciclo de la luna y otros rebuscados pretextos, aludiendo a lo perjudicial que podrían ser para la fertilidad. Pensó que, si ya no estaba embarazada, no tenía sentido entonces seguir casada. Cuando insinuó la separación se llevó una muenda eterna, haciéndole abandonar la intensión siquiera de pensarlo. A partir de allí se consagró enteramente a hacer lo que debía y nunca dio espacio a queja alguna de su esposo; el único reproche del que no tuvo escapatoria era de su imposibilidad de darle hijos. Sabía que no era su culpa. Pensaba que, si una vez quedó embarazada, podría hacerlo de nuevo; sin embargo, nunca lo contradijo y terminó por convencerse de su responsabilidad en que el fruto del matrimonio fuera un imprudente loro. Al fin y al cabo, ¿Qué argumento podía dar si se había casado virgen? Aunque regularmente la insultaba, desde esa vez no volvió a golpearla hasta esa noche.

–¿Dónde quedó el juete e’ verga e’ toro que estaba en el cobertizo? –Preguntó Prudencio, apretándose los puños.

Antes de que su enojo tomara fuerza, Angelina se levantó sintiendo su espalda descompuesta. Como pudo caminó y ella misma fue en busca de su máquina de tortura. Al amanecer hizo falta en el aire el olor a almojábanas recién cocidas y el pueblo extrañó el gritico que anunciaba su venta. Las telarañas de la casona de doña Aidee no fueron retiradas y doña Eucaris y sus veintitrés hijos se quedaron sin almuerzo. La silla vacía y los trozos de hilo con las agujas lamentaron no ser usados y los instrumentos musicales de Fermín no volvieron a su puesto original nunca más. Tirada en el patio, desesperada por cumplir con lo que debía y cargada de angustia por un regaño de sus patrones o ante un posible despido, lo que impediría los pagos mensuales para conservar sus propiedades, no tuvo tiempo de caer en la cuenta de que, antes de salir el sol, ya estaba muerta. Inconsciente de sí y del estado desgastado de su alma, desapareció para siempre en el lodazal del olvido y soledad donde siempre procuró hacer todo de la mejor manera y donde se entregó a vivir lo que le tocó sin queja ni reproche. Muchas veces en ese patio, cuando daba espacio al reposo, se sentaba a la sombra del mango, envolvía su falda entre sus piernas y contemplaba el sol para hacer memoria de los trajines del tiempo. Odiaba debatir si su incapacidad de darle vuelta a las cosas se fundaba en el miedo o en cualquier otro demonio. Pensaba que las condenas que nos someten nacen con uno por defecto; que nada se busca y lo bueno poco se encuentra, que procurar el amor y la felicidad era cosas de radionovelas y que la verdadera complacencia que tenía para sustentar su existencia era ver a hijos ajenos alegrarse con trapitos nuevos. En medio de un aire sin viento y sin nada que la consolara, concluyó que quienes no tendrán opción de elegir sobre su destino nacen con altas dosis de resignación, quizá como una forma de supervivencia para que logren llegar a viejos. Sentado como si nada en la puerta de su casa, siendo uno con la ignominia, a todo el que preguntó por ella, Prudencio contestó sin desprender la mirada del cielo: debe estar preparando la comida del loro.



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