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UN PLACER VOLVER A VERTE

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   Después de varios años de ausencias concertadas, las esperanzas de un reencuentro se habían agotado por completo. Habitaban en ellos los recuerdos como una pila interminable de trastos empolvados; de esos a los que el tiempo logra robarles el uso, pero nunca el valor, y que siempre se conservan por si algún día se necesitan. En eso pensaban cuando la vida los tomó distraídos, caminando solitarios al borde de la playa que soñaron juntos visitar. En los pasos siguientes se tuvieron frente a frente. El sol caía confiado y las últimas aves dispersas en el aire retornaban a ocupar sus nidos. No mediaron palabra por unos segundos. No fue necesario. Poseían la virtud de entenderse con solo mirarse o con sentir sus respiraciones a través del teléfono, como ocurrió tantas veces en la intimidad de las horas vulnerables de la noche.   El mar rugía y la ternura de la luna recordaba en sus primeros destellos que nada es coincidencia. Un gesto en sus rostros reveló alegría confusa, ...

UN CUARTO PARA LAS SEIS

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Lo vi subirse y luego sentarse como un pasajero más. Estaba inquieto, al garete, con un par de chanclas de caucho y la ropa sucia. Acentuaba su cara de desentendido, pero era consciente de los ojos que le increpaban. Miré el reloj y marcaba las 5:45; a tiempo para salir. El bus arrancó y no creí necesario hablar. Pensé que era de esos niños que pedían monedas trepado en buses de pueblo en pueblo y que quizá el conductor lo conocía. Cambiaba regularmente de puesto entre los que quedaron vacíos, mientras yo a cada segundo tanteaba mi bolsillo para confirmar, una y otra vez con obsesiva compulsión, que el anillo siguiera allí. El niño comenzaba a estorbar con su inquietante presencia. Debía tener unos siete años y se notaba que nunca había ocupado uno de esos buses enormes que traqueaban hasta al estar detenido. Era imposible que siguiera un viaje tan largo; seguro en alguna parte se bajaría. No le presté atención; estaba distraído repasando milimétricamente el plan que me conducía lejos...

LA COMIDA DEL LORO

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Conducido por un vendaval de furia medieval, Prudencio Torres atravesó la entrada del teatro municipal, con tres metros de cabuya enrollada en la mano. Allí acontecía el primer bazar benéfico de «El Costurero», una organización de mujeres que asistía a la niñez vulnerable a través de actividades sociales y de la cual hacía parte su esposa, Angelina. La banda del pueblo tocaba «la puya del diablo» y a su compás la observó distante. Impulsó la soga con tres vueltas en el aire, la dirigió a ella en un movimiento de vaquero experimentado y la enlazó en el primer intento, dejándola inmóvil de un solo tirón. La fuerza del halón la arrojó al suelo y tropezándole con los tobillos de las gentes la arrastró hasta él, para tenderla en sus hombros con una fuerza que obedecía más al orgullo que a su capacidad física. La música no pausó y al fondo, perdiéndose a la vista de todos, Angelina se dejaba llevar a donde a su marido le diera la gana sin entender el motivo de la afrenta, mientras el resto d...

PENSAMIENTO

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  Al borde de la cama, pensó: ¿puede la vida abrirse paso en la penumbra de una guerra conmigo mismo? La ausencia de respuestas no le daba paso al sueño a pesar de que debía levantarse temprano. Colmado del mismo sentimiento durante años, quería mantenerse optimista, pero en ninguno de los vericuetos de la mente encontró sustento para su intención. Trató de ver una película, pero ninguna le emocionó. Intentó leer un libro, pero no mantenía concentración. Llenó crucigramas y sopas de letras, pero solo logró sentirse patético. Apagó la luz y se obligó a dormir. No lo conseguía. Dos años consecutivos de terapias lo situaban en el mismo lado: desecho en la linfa de un horror maloliente. No estaba enfermo; era un trance prolongado del que pronto saldría, pero nunca salía. Le frustraba no poder abandonar las sensaciones que por la costumbre lograba entender, pero que le incomodaban la vida. Veinticuatro meses con tres pastillas diarias y al final de cuentas, la misma vaina. Sin embargo...