PENSAMIENTO



 

Al borde de la cama, pensó: ¿puede la vida abrirse paso en la penumbra de una guerra conmigo mismo? La ausencia de respuestas no le daba paso al sueño a pesar de que debía levantarse temprano. Colmado del mismo sentimiento durante años, quería mantenerse optimista, pero en ninguno de los vericuetos de la mente encontró sustento para su intención. Trató de ver una película, pero ninguna le emocionó. Intentó leer un libro, pero no mantenía concentración. Llenó crucigramas y sopas de letras, pero solo logró sentirse patético. Apagó la luz y se obligó a dormir. No lo conseguía. Dos años consecutivos de terapias lo situaban en el mismo lado: desecho en la linfa de un horror maloliente. No estaba enfermo; era un trance prolongado del que pronto saldría, pero nunca salía. Le frustraba no poder abandonar las sensaciones que por la costumbre lograba entender, pero que le incomodaban la vida. Veinticuatro meses con tres pastillas diarias y al final de cuentas, la misma vaina. Sin embargo, sonreía. Siempre sonreía intentando convencerse que todo estaba bien. Descifró entonces que había llegado el momento. Solucionó rendirse. Y aun con nuevos sueños que en escasos momentos tejía, aceptó lo que para muchos es inaceptable y emprendió el desenlace del que todos huyen. El circuito desapacible de una mente atormentada, ocupó distracción ante gritos en la calle. No procuró moverse del sitio en el que lo congelaba la angustia, pero el instinto de saber qué ocurría, lo dispuso a una atenta escucha en medio del vacío nocturno. Respiró el olor a pólvora al instante que un golpe aplastante se coló por la ventana dejando el piso lleno de esquirlas y un hueco en la cabecera de su cama. Una bala perdida lo drenó al glaciar de la afrenta y el ancestral instinto de supervivencia lo escupió abrazado al suelo. Cuando el pitido de sus oídos se disolvió, el vacío de la noche retornó con el deseo de haber sido víctima del momento. “Debí asomarme a la ventana”, se regañó al instante.

Había pasado días enteros con su mente elevada en el intento de dar significado a sus pensamientos. A veces sumergido en la nostalgia de las tardes grises que antes le causaban inspiración; otras tantas desentrañando versos que se le ocurrían como método de repulsión a la hora del pánico. Sabía que todo estaría bien, que serían sacudidas pasajeras llenas de enajenación, pero que pasarían una vez lograra mantener el conteo de sus respiros. Lo dejaría agotado como solía ocurrir, pero al final no sería más que eso. La visita diaria de ataques de pánico que no distinguía horarios y mucho menos pertinencias lo abrumaban con recargo. En las calles sentía desmayarse y su respiración se entrecortaba con cada paso en la avenida, sus sesgados latidos lo dirigían al soporte más cercano para evitar caerse. Durante sus clases apretaba los puños evitando que el disparate lograra invadirlo de una vez y para siempre. En la ruta del bus temblaba incesante ante miradas desconocidas y paradas de improviso. Sus noches se volvían tormento pues ya había dispuesto que, al cerrar los ojos, aparecerían de nuevo todas esas cosas a las que les había huido.

La soledad, a diferencia de la bala, le voló los sesos. Se hartó de pedir ayuda. Nada ni nadie podía solucionarlo. Debía solucionarse él mismo; ya a esas alturas el único problema era él. ¿Más terapias? ¿Para qué? ¿Más pastillas? ¿Para qué? O era la muerte o una estropeada vida; vida absurda que nunca colabora, muerte indolente que nunca llega. Aires de depresión levitaban cercanamente y ante la ausencia de esperanza lo indujeron al viaje del olvido. La habitación alquilada de una casa sin más ocupantes, le saturaba de abandono. Antes de levantarse del suelo al que se adhirió cual mugre acumulado, recordó la cara de sus amigos, los poco que tuvo y con quienes alcanzó a ser feliz. Vio claramente la sonrisa de su madre y atiborró el sentimiento con el recuerdo de sus tardes de lectura. Fue consiente que el descuido de su ser lo conducía a la premier de la película que todos los que han muerto ven instantes antes de partir. “¡Por fin está pasando!” Pensó sonriente. Un golpe seco en la puerta le congeló de nuevo. ¿Era verdad lo que había oído o fue producto de su imaginación? ¿Quién podría ser en esa estrepitosa soledad? ¿Qué pasó con las personas que gritaban en la calle y cuál fue el motivo del disparo? Su boca seca inhaló un poco de aire. Era denso e intrigante, pues nunca le había sentido sabor como el que ahora percibía. Tuvo la sensación de que el ambiente liberaba un poco de levadura, pero el olor asemejaba a arbustos de franchipán. Algo ingresaba a su cuerpo, por sus pies, por sus manos. Le besaba la piel un roce mentolado y un disonante concierto de abejas zumbaban sus oídos. Vio en la puerta el reflejo del patio de la casa de sus abuelos donde jugaba de niño y nuevamente un golpe de aldaba le espantó. Incapaz de hablar, inútil para moverse pidió misericordia. Que pasara lo que tuviera que pasar, pero que pasara ya.

Ahora era miedo. Físico y material miedo de todo y miedo a la nada; a esa nada que le cobijaba y a ese todo que le perseguía. Ya había sido suficiente, ¿no? Era hora de sucumbir a un nuevo estado del alma. La puerta fue empujada por el viento y al instante una turba de aberrantes chillidos con coleópteros de colores que volaban en círculos se apretaron dentro de la habitación. Cerró los ojos y mentalmente dijo: “es solo la ansiedad. Pensamiento”. La técnica del “pensamiento” la aprendió frente a la laguna de Tarapoto. Recién diagnosticado con trastorno de ansiedad mixta, Camilo viajó de excursión al pulmón del mundo. En uno de esos instantes, sentado al borde de un palafito surgió la conversación con una chica que tenía a su lado. Quizá con ella mencionó su prescripción y el consejo que recibió ante la creciente ola de pensamientos descomedidos fue que dijera la palabra “pensamiento” y al terminarla, permitiera que su mente quedara en blanco. En efecto, al abrir nuevamente los ojos los insectos no estaban y ahora se hallaba boca arriba en el mismo sitio que lo ubicó el disparo, con las manos en el pecho y la frente sudada. Contó sus respiraciones y al llegar a cinco se levantó y se asomó a la ventana. Las calles estaban ahogadas por la basura; parecía que los camiones recolectores la vaciaron toda en su frente y al mirar con detención halló sus objetos más valiosos en medio de ella. Quiso salir a recogerlos, pero al voltear ya no había puerta. Giró de nuevo y no había ventana. Solo le rodeaba paredes pintadas de tonos azules y violetas. Se dijo de nuevo: “es solo la ansiedad. Pensamiento” y en par de segundo apareció jugando en el patio de la casa de sus abuelos con las viejas y oxidadas latas que guardaban quien sabe para qué. Miró al cielo y comenzaron a escurrirse mierdas de pájaros que no habían y le golpeaban con violencia. Cerró los ojos y al sentir un peso sobre su rostro los abrió de nuevo y únicamente contempló el techo de su habitación. De nuevo estaba boca arriba en el mismo sitio donde el sonido del disparo le hizo caer. Contó hasta diez, se levantó y se dirigió a la ventana nuevamente. Las esquilas en el piso traquearon con sus pasos y dos mujeres discutían en su frente. Una de ellas abrazó a la otra y volteó su mirada hacia donde él estaba. La flama de sus ojos le hizo caer sobre el piso e hirió sus manos con los trozos de vidrio, inundándolas de sangre. No sintió dolor y pensó entonces: “es solo lo ansiedad. Pensamiento” y sus manos resultaron ilesas.

Ya no sentía miedo. Ya ni sabía en que se había transformado todo su alboroto emocional. Sintió sus latidos en el paladar y de nuevo contó sus respiraciones. Confundido en la desgracia repetía al compás de sus pulsaciones: “pensamiento, pensamiento, pensamiento” y a medida que avanzaba sentía como sus manos y sus piernas se dormían, hasta el punto en que se deshacía en el suelo. Escuchó crujidos fuertes y contundentes. El techo comenzaba a fragmentarse y amenazaba con aplastarlo. Intentó levantarse, pero no pudo. Sus brazos y sus piernas estaban atados al piso que comenzaba a helarse. Ya sin miedo, sintiéndose menos cobarde, agradeció que por fin perecería. El techo terminó de rajarse y entonces los bloques de cemento y tejas empezaron a elevarse como arrastrados por un tornado. Pero el cielo estaba azul y ausente de nubes. Lo abundaban cometas de colores con figuras de animales. Sonrió mientras lloraba y entonces recuperó la movilidad del cuerpo. “Pensamiento, pensamiento, pensamiento” se repetía, hasta el punto en que se vio en medio de la avenida donde una vez temió caminar por la sensación de desmayarse en la mitad, y empezó a correr sin medirse. Producía zancadas enormes sin saber a dónde iba. Solo corría y corría y ahora su cama, su escritorio y un cúmulo de libros lo perseguían. Quería detenerse, pero no podía, sus pies autónomos no obedecían y dirigía sus pasos al borde de un abismo en el que finalizaba la vía. Sentía paz por la plena conciencia de ocupar el vacío. Fue entonces cuando sus pasos siguieron en el aire con las enormes zancadas una vez ya no había donde apoyarlos. Se halló atado a un parapente. Junto a él volaba un rey gallinazo que le guiñaba el ojo y lo rodeaba con su aura de dueño de los cielos. Logró sentirse feliz hasta el momento en que el motor de un avión recién aparecido despedazó al ave. Su propulsión enrolló el parapente y lo arrojó de nuevo al vacío.  Antes de precipitarse entre los árboles dijo: “pensamiento” y apareció de nuevo botado en el piso de su habitación, con esquirlas incrustadas en las manos y una línea de sangre hacia su mesa de noche. Buscó en ella su diario e imprimió sus manos ensangrentadas en el papel. Las formas de sus huellas comenzaron a delinear palabras y pronto salieron volando por el cuarto. Cada una describía sus más profundos miedos y el papel se tornaba otra vez blanco. Entonces comenzó a escribir lo que realmente deseaba: paz, tranquilidad, armonía, estabilidad, coraje, astucia y atributos positivos que se le ocurrían en el momento. Sintió como cada plasmo se impregnaba en su cuerpo y le hacían iluminar la piel. Contó hasta diez, miró la habitación que estaba como antes y se situó en la escena cuando pensó matarse después de apagar la luz. Escuchó los mismos gritos en la calle. La vida le dio de nuevo la oportunidad de asomarse a la ventana. No la desperdició y se ubicó en el punto donde había entrado la bala por primera vez. Miró hacia abajo y vio a las mujeres que gritaban borrachas una canción mientras bailaban. Miró a su frente y en el balcón del edificio vecino se vio a si mismo apuntando a su ventana. En medio del aturdido despropósito al que se había asomado repleto de la intención genuina de terminar con ello de una vez y para siempre, el sonido de la alarma lo desacomodó. Al abrir los ojos vio la ventana inviolable y un plácido sol se filtraba sin permiso para anunciarle con la misma fuerza de todos los días que la opción que le daba la vida era, precisamente, vivir. Descubrió entonces que la salida de aquel entramado era hacer las paces con ella y aceptar convivir con zozobras, dolores y amarguras. Su escapatoria siempre estuvo al alcance de su mirada; allí en ese preciso lugar en el que se ubican las cosas cuando no quieren ser encontradas. Frente a su nariz, el amanecer que no se ha cansado de recibirlo, le dijo con su aroma a naranjas recién exprimidas, que no insistiera en una incesante braceada contra la corriente, que flotara sobre ella con respiración pausada y lentamente, contemplando los árboles que le abordaban, los cantos de los pájaros emocionados en sus nidos, los olores penetrantes de las frutas maduradas, buscara la mansa orilla del río de sus pensamientos. No hay que huirle a nada, porque al final siempre te alcanza y te deja fatigado. Corre de la mano con lo que sea que te hace la guerra y busquen juntos la meta. Abrió del todo las cortinas, sacó su diario de la gaveta, miró las páginas en blanco y sin importarle la fecha, escribió de primero: pensamiento. 

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