LA COMIDA DEL LORO
Conducido por un vendaval de furia medieval, Prudencio Torres atravesó la entrada del teatro municipal, con tres metros de cabuya enrollada en la mano. Allí acontecía el primer bazar benéfico de «El Costurero», una organización de mujeres que asistía a la niñez vulnerable a través de actividades sociales y de la cual hacía parte su esposa, Angelina. La banda del pueblo tocaba «la puya del diablo» y a su compás la observó distante. Impulsó la soga con tres vueltas en el aire, la dirigió a ella en un movimiento de vaquero experimentado y la enlazó en el primer intento, dejándola inmóvil de un solo tirón. La fuerza del halón la arrojó al suelo y tropezándole con los tobillos de las gentes la arrastró hasta él, para tenderla en sus hombros con una fuerza que obedecía más al orgullo que a su capacidad física. La música no pausó y al fondo, perdiéndose a la vista de todos, Angelina se dejaba llevar a donde a su marido le diera la gana sin entender el motivo de la afrenta, mientras el resto d...