UN CUARTO PARA LAS SEIS



Lo vi subirse y luego sentarse como un pasajero más. Estaba inquieto, al garete, con un par de chanclas de caucho y la ropa sucia. Acentuaba su cara de desentendido, pero era consciente de los ojos que le increpaban. Miré el reloj y marcaba las 5:45; a tiempo para salir. El bus arrancó y no creí necesario hablar. Pensé que era de esos niños que pedían monedas trepado en buses de pueblo en pueblo y que quizá el conductor lo conocía. Cambiaba regularmente de puesto entre los que quedaron vacíos, mientras yo a cada segundo tanteaba mi bolsillo para confirmar, una y otra vez con obsesiva compulsión, que el anillo siguiera allí. El niño comenzaba a estorbar con su inquietante presencia. Debía tener unos siete años y se notaba que nunca había ocupado uno de esos buses enormes que traqueaban hasta al estar detenido. Era imposible que siguiera un viaje tan largo; seguro en alguna parte se bajaría. No le presté atención; estaba distraído repasando milimétricamente el plan que me conducía lejos de casa. A nadie más parecía importarle su suerte. Logré dormir un poco hasta la primera de las varias paradas que me esperaban antes del trasbordo. Toqué el bolsillo; allí seguía el anillo. El conductor subió a la cabina a despachar a quienes se quedaban y entre esas preguntó de quien era el niño. Todos conocíamos de su presencia, pero nadie dio respuesta de su procedencia. Nuevamente cuestionó y el niño sin dueño, sin demostrar miedo ni ningún tipo de sentimiento, se encogió de hombros en la silla y se acomodó dando la espalda. «Se subió pidiendo dinero a la salida de la terminal» –dije.

Debieron pasar cinco horas cuando nos detuvimos de nuevo. Miré el reloj; seguían siendo las 5:45. Supe entonces que en algún momento desconocido debió haberse averiado y dudé de haber salido a la hora pensada. Debía ser un poblado más grande en el que entonces estábamos desde que el conductor decidió que allí lo entregaría a la policía.

–Tardaremos en arrancar –dijo el conductor–. Es menor de edad y esto es todo un procedimiento.

Bajé a estirar las piernas y quizá comer algo. El suelo húmedo revelaba que había escampado hacía poco. La tienda más cercana estaba a la vuelta, me indicó alguno. Fui, mientras en el vació de la noche solo lograba escucharse las radios de los policías recibiendo instrucciones.

Un sudor frio me impregnó las manos al salir de la mal llamada tienda. La lluvia había retornado sin ruido. «¿Qué carajos hago?» –me pregunté.  Las calles comenzaban a inundarse y el temporal amenazaba no menguar. De tienda solo tenía el nombre. Una bolsa de panes vencidos y bebidas embotelladas era lo único que ofrecían. No tenían sombrillas a la venta; ni siquiera para uso personal. ¿Habría arrancado el bus? Solucioné envolverme en bolsas plásticas y retornar al paradero. Tanteé de nuevo el bolsillo y el anillo seguía ahí. «¿Por qué carajos me bajé?» –me cuestioné.  Logré ver el bus con luces intermitentes en el borroso paisaje de la lluvia. Seguía estacionado mientras los policías, el conductor y el niño escampaban bajo una ramada. Apresuré el paso evitando mojarme por completo. Un grito a mis espaldas me hizo detener y voltear.

–¡Es él! No lo dejen escapar –confirmó un hombre alto, moreno y de barba.

Busqué al señalado hasta donde mi vista alcanzaba, pero la turba de gente, que en otros casos estaría encerrada por el aguacero, me abordó con golpes y chiflidos antes de lograr darme cuenta. Fue entonces cuando casi inconsciente, en escenas fragmentadas, vinieron los policías a rescatarme, pidieron refuerzos y me trasladaron al salón de paredes raspadas que desprendía vahos de soledad podrida. Mis ojos hinchados me impedían ver las cosas y el interminable pitido en mis oídos contundían mi confusión y miedo. Un cartel en la pared sostenido por un enorme clavo oxidado, señalaba que era la estación de policía.

–Debe escucharme –dije al primer agente que identifiqué.

Esa noche viajaba con inexplicable felicidad. Después de una confrontación con mis padres, antepuse mis deseos a mis compromisos con el negocio familiar. Decidí por fin comprometerme con mi novia de cinco años. Sentí en el aire el liviano descanso de un espíritu liberado. Era lo que quería, aunque el costo fue quedarme sin hogar. Que más daba, ahora tendría el mío. Recién cumplía los veintiún años. A mi novia la conocí estudiando en la capital y en mi retorno al pueblo, no deje de visitarla cada vez que podía. Esta vez sería una sorpresa. Nunca supo nada de ese viaje. Debía llegar a la 2:00 de la madrugada para hacer el trasbordo. Con la premura, expliqué al agente la situación. Confiaba en que la confusión se solucionaría, guardé la poca calma que nunca tuve e intenté convencerle de la verdad. Saqué el anillo como evidencia de mi relato y al indicarle que tenía poco tiempo antes que todo se fuera al carajo, miré el reloj en el que seguían siendo las 5:45. Deseando no volver a ver esa hora marcada para siempre, lo arranqué de mi muñeca y lo solté en el suelo. Me escuchó atento. Creí ver un rostro de compasión. Tomó su radio sin quitarme la mirada y sonrió. 

–Comandante, he aquí el objeto del robo que han denunciado. –Dijo mientras me arrebataba el anillo y lo guardaba en la gaveta del escritorio.

Un nuevo agente acudió a reseñar mi caso. Ante la situación que me desacomodó por completo, debía solucionar. Si encontraba forma alguna de llegar al punto de trasbordo, nada estaría perdido. Giré la cabeza y por la puerta entraba la que podría ser mi salvación. Dos agentes custodiaban al niño sin dueño. «El bus se ha ido» –confirmé–. «Definitivamente se ha ido» Le pedí al niño que respaldara mi versión; necesitaba su testimonio para ayudarme. Copió la mirada perdida con que le ignoré cuando me pidió una moneda y manteniendo la actitud desentendida con la que se embarcó a un viaje porque sí, dijo:

–Yo a usted no lo conozco.

–¡Pelaito hijueputa!…  –Exploté.

La desesperación me llegó a extremos que no conocía. Grité a todos palabras de las que desentendía su significado y desboqué alegatos ante su incompetencia.

–Cálmese, señor, –me dijo el encargado mientras se burlaba –eso le pasa por no pedirle la bendición a su madre.

Viejo hijueputa…  –Pensé.

Preguntó mi nombre. Comenzó a diligenciar un papel y todo lo que escribía lo decía en voz alta. «Fecha: 14 de febrero de 1985; acusado de robo en la casa del alcalde…» Mientras escribía me indicó que pasaría la noche en la celda. Al día siguiente mirarían mi caso. «Hora de captura…» miró su reloj y antes de que pudiera escribirlo –siquiera decirlo–, un estruendo irrumpió el lugar haciendo caer el letrero de tablas manchadas por la humedad.  

La manada de encapuchados armados que abordaron con fuerza y sin piedad el sitio donde fastidiaba el ruido de un abanico, nos obligó a agachar y cubrirnos la cabeza. Mi instinto me señaló el camino a la puerta. No lo pensé, no lo entendí. Sin conciencia de nada sabía que era mi oportunidad de escapar en medio de la conmoción. De no ser por el anillo en la gaveta que me recordó recuperarlo, habría logrado salir. Uno de ellos, con pasamontaña rojo y un tatuaje del Divino Niño en el brazo, me apoyó en sus hombros y me dijo «corra, huevón, corra», y le hice caso.

Llegamos a la mañana siguiente a un nuevo mundo boscoso donde paseaban animales que bien podrían considerarse extintos o no haber sido descubiertos nunca. Desee ser uno de ellos. Cada segundo traía consigo algo diferente que me volaba la cabeza; si al caso tenía tiempo de respirar. Lo que al principio creí un milagro de la Providencia no fue más que otro cabo descompuesto en la continua línea de sucesos que no me correspondían. Poco después de subirnos a una camioneta a la que el óxido había desprovisto por completo de color, cayeron en la cuenta que no era yo a quien buscaban. Se quejaban de lo fallido del plan. Insistían con demencia que los matarían al llegar, que fue esa la única oportunidad que tuvieron para cumplir con el encargo del jefe y se quejaban y quejaban y pelaban entre ellos. Casi en un letargo interminable entendí su preocupación. La bomba en casa del alcalde nunca se activó y ahora no sabían del paradero del «Turpial», hombre al que reemplacé. Se lamentaban de su desgracia y me culpaban de ella. Les rogaba que me dejaran ir. Mi voz de estorbo no les dejaba pensar. Apoyaba su idea de que huyéramos todos. Insistían que me callara. Les hice caso, al fin y al cabo, después de todo, aún seguía vivo. Pero ellos, si así lo querían, podían callarme para siempre.  

Cuando llegamos al campamento ya el sol se ubicaba en la mitad del cielo. El Comandante estaba enterado. Se acercaron a él llevándome esposado y con una voz avergonzada dijeron sin mirarle a la cara:

–Le trajimos esto para que se entretenga–. Y me tiraron a sus pies.

No me repuse del golpe cuando dos disparos seguidos y un posterior silencio perpetuo, ubicaron a mis lados a los hombres de los que brotaba un fluido rojizo proveniente de los sesos. Fue la primera vez que vi muertos en mi vida. El comandante llamo a «La Almirante» y le pidió que me atara mientras decidían que hacer conmigo. Insistí en que me soltaran, no representaba nada para ellos. El Comandante dando la espada dijo: «Acomódese que pasaremos un rato largo aquí»

Su sentencia fue imprecisa. Esa noche el cielo comenzó a iluminarse con estrellas fugases. Una de ellas parecía caer no muy lejos de nosotros haciendo estremecer el mundo.

–Nos bombardean, comandante –dijo uno de los uniformados, y desatándonos de los árboles nos obligaron a correr con ellos.

Recorrimos sendas que insectos alumbradores demarcaban como en complicidad. Anduvimos sin tregua por cañadas y montañas donde bastaba estirar los dedos para acariciar la luna. De noche no bajábamos el ritmo. De día se nos permitía descanso y el andar obedecía al sigilo. Caminatas eternas me hacían pensar en todo lo que había dejado atrás al decidir subirme en el bus y todo lo que pasó al decidir bajarme. Pensaba en mi familia a quienes había jurado desaparecer de sus vidas para siempre. ¿Alguien era consiente de mí? ¿Hacía falta en algún lugar del mundo? Pensaba en mi novia; la amaba más en cada paso que daba y más deseaba el momento de reencontrarme con ella ¿Se preocupaba por mí? ¿Estaría buscándome en algún lugar? Pensaba en soluciones, pero más me preocupaba por evitar morir. Me imaginaba en casa narrando el suceso y todo lo que sentía: desesperación, miedo, incertidumbre y en medio de tanto arrebato, ataques de inexplicable risa: «La vida del salao no tiene descanso» –pensé constantemente. Nunca más fui consiente del tiempo. Un día podría demorar mil años y al tiempo solo segundos. Me quedé atrapado en esa última hora que marco el reloj que, quizá, aún reposaba en el suelo de la estación. ¿Habría vuelto a casa el niño sin dueño? Quería salir, quería volar, ser una más de esas aves que nunca había visto. Cada paso hacía más remota mi oportunidad de libertad. ¿Dónde carajo estaba? ¿Dónde mierda me había puesto la vida? Ahora era uno de esos secuestrados que leía en las noticias y con los que me solidarizaba desde mi comodidad. Ellos por lo menos fueron elegidos para estar ahí; a mí me tocó. Creí, de cierta manera, que ya nada podría ser peor.

Habría pasado poco más de un mes cuando lograron reubicarnos en sitio seguro. El clima lluvioso y frio revelaba que ocupábamos la zona alta de la cordillera. Ya no me importaba morir volviendo en busca de mi amada. Quería intentarlo; el brillo del anillo me devolvía la esperanza de encontrarla dispuesta a casarse conmigo, a pesar del abandono del que no fui culpable. Insistí al comandante y a todos los uniformados en la inutilidad de mi presencia; era un estorbo del que no podían sacar provecho. No tenía a nadie que me buscara ni quien pagara mi rescate; ya no tenía familia.

–Pues lo felicito –dijo el comandante con gesto de camaradería–. Bienvenido a la nuestra. 

«La Almirante» había revelado su embarazo. Era una joven de no más de veinticinco años, a la que apodaron así por su fuerza autoritaria que ella argumentaba heredada del mar en el que nació, aunque no recordaba nada de su infancia. Todos sus recuerdos se hallaban en la selva. Ella vigilaba día y noche mis pasos, aunque no le diera motivo de supervisión. Había asumido por voluntad propia ser mi carcelera. Poco después conocí de su parte que El Comandante la había acogido como una hija finalizada una toma guerrillera donde murieron sus padres. Ante la noticia del embarazo, el sentimiento de El Comandante se confundía entre la alegría de un abuelo primerizo y el desconcierto por desconocer desde siempre los romances de su hija. Ella me responsabilizó y tuve que dar la cara ante la autoridad de la que era víctima.

–He hablado con tu padre y he asumido la responsabilidad –le dije al salir del cambuche–. No tiene sentido negarle nada a un hombre armado hasta los dientes; pero necesito que seas tú quien le diga la verdad porque, en efecto, no tengo nada que ver con esto. A demás me exige que nos casemos. 

–Yo nunca le digo mentiras a mi padre –respondió con tanta seguridad que me convenció al instante e hizo dudar de mi inocencia.

–¿Cómo? Sabes que no he tenido nada contigo. No soy el padre.

–Pero al padre lo mataron por su culpa. Es ahora su responsabilidad.

Su tono cambió y ahora era un dolor absurdo y una vergüenza eterna con la que confesaba el odio que sintió por mí en el momento mismo que El Comandante mató a su pareja, cuando me internaron en la selva por error. Peor había sido el sentimiento de tragarse las lágrimas y no llorar a su muerto por querer disimular un oculto amor de años. Allí frente a mí, no lograba esconder los quebrajados restos de su corazón. Nos confundimos en miradas de miseria y entonces comprendí que nunca me sería concedida la oportunidad de mandar sobre mi vida.

Trajeron a un cura viejo de una parroquia sin fieles. Amarrado y con la cara tapada lo transportaron por horas solo para que oficiara nuestras nupcias. No fue una ceremonia convencional. El Comandante no lo permitió. Consideró que su hija merecía un gran agasajo, pero que los ritos con misas interminables y lecturas adormecedoras, no compaginaba con la ocasión. Se autodenominaba un «fiel y recio devoto del Dios de los cielos y la tierra» pero concluyó que solo una oración y bendición del cura era suficiente para que Dios aprobara la enmienda. No más de diez minutos tardo la ceremonia que dio paso a una parranda de tres días. «¿Cómo hubiera sido la boda que en realidad deseaba tener? –pensé mientras veía el disfrute de las gentes. Los otros secuestrados se compadecieron de mí, al tiempo que yo, mirando al cielo, no conseguía creer en donde había terminado.

Meses después había finalizado mi entrenamiento militar y estaba pronto el parto de «La Almirante». Yo debía ser ahora uno de ellos. Convertirme en el carcelero de los secuestrados que fueron mis compañeros y seguir bajo la vigilancia de la que ahora era mi esposa, fue el único trabajo que me podía ser otorgado en medio de la selva, para mantener la patraña de un matrimonio feliz. Me compadecí de ella. No supe si mi matrimonio era válido ante los ojos de la iglesia, pero ante El Comandante sí y eso bastaba. ¿Tenía otra opción? ¿Correr? ¿Hacia dónde?... El bebé, que aún no tenía nombre, llegó atormentado; todo indicaba que era hora, pero él o ella evitaba nacer. La partera guerrillera no encontró forma de sacarlo y practicarle una cesárea en medio de la nada era asegurar la muerte de ambos. Desesperada por salvar a su hijo, y solo a él de ser el caso, obligó al comandante a disponer de un vehículo para movilizarnos y toda una hazaña para ubicarnos en un puesto de salud. Me creyó preparado para no causar sospechas ante quienes fuera y en todo caso creyó conveniente que fuera yo el acompañante. En una camilla polvorienta, en el centro de un cuarto con olor a Lorsban, las enfermeras de turno no supieron que hacer. Una le preguntó a la otra:

–¿Hora del deceso?

–Seis de la tarde –respondió de inmediato.

Fui consiente que nunca supe su nombre, cuando me lo preguntaron para el acta de defunción. Así como tampoco supe el del niño, ni los policías y el chofer, ni de ninguno de mis secuestradores que me sacaron de una jaula de espinas para meterme en la boca del lobo. Tampoco supe nunca el nombre del papá muerto del hijo de «La Almirante», y en todo caso tampoco me importó ninguno; ni siquiera el de mis compañeros secuestrados. Pensaba solo en hacer lo posible para salvarme y entregar por fin el anillo que conservaba en mi bolsillo. Eso me carcomió por dentro; quizá la vida me puso en esos sitios con alguna intención que fui incapaz de cumplir. ¿Cómo saberlo? Yo solo quería escapar de cada una de esas cosas que nunca entendí. Salí del puesto de salud, vi mi reflejo en los vitrales de la entrada y desconocí al desfigurado hombre. Seguí un sendero que conducía a ninguna parte y dejé el cadáver de «La Almirante» y su hijo a la suerte de las hormigas. «Por fin dieron las seis» –pensé melancólico y arrojé el anillo con la fuerza suficiente para enviarlo a los confines del mundo. Desprenderme de él fue la solución que hallé para desprenderme de todo lo que implicó el desafortunado viaje, resignándome a que nunca haría la propuesta. Caminé errante por los recovecos que la trocha sugería mientras el cálido aire me insinuaba que aparentemente el tiempo se había descongelado.


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