UN PLACER VOLVER A VERTE
Después de varios años de ausencias concertadas, las esperanzas de un reencuentro se habían agotado por completo. Habitaban en ellos los recuerdos como una pila interminable de trastos empolvados; de esos a los que el tiempo logra robarles el uso, pero nunca el valor, y que siempre se conservan por si algún día se necesitan. En eso pensaban cuando la vida los tomó distraídos, caminando solitarios al borde de la playa que soñaron juntos visitar. En los pasos siguientes se tuvieron frente a frente. El sol caía confiado y las últimas aves dispersas en el aire retornaban a ocupar sus nidos. No mediaron palabra por unos segundos. No fue necesario. Poseían la virtud de entenderse con solo mirarse o con sentir sus respiraciones a través del teléfono, como ocurrió tantas veces en la intimidad de las horas vulnerables de la noche. El mar rugía y la ternura de la luna recordaba en sus primeros destellos que nada es coincidencia. Un gesto en sus rostros reveló alegría confusa, ...