UN PLACER VOLVER A VERTE

  


Después de varios años de ausencias concertadas, las esperanzas de un reencuentro se habían agotado por completo. Habitaban en ellos los recuerdos como una pila interminable de trastos empolvados; de esos a los que el tiempo logra robarles el uso, pero nunca el valor, y que siempre se conservan por si algún día se necesitan. En eso pensaban cuando la vida los tomó distraídos, caminando solitarios al borde de la playa que soñaron juntos visitar. En los pasos siguientes se tuvieron frente a frente. El sol caía confiado y las últimas aves dispersas en el aire retornaban a ocupar sus nidos. No mediaron palabra por unos segundos. No fue necesario. Poseían la virtud de entenderse con solo mirarse o con sentir sus respiraciones a través del teléfono, como ocurrió tantas veces en la intimidad de las horas vulnerables de la noche. El mar rugía y la ternura de la luna recordaba en sus primeros destellos que nada es coincidencia. Un gesto en sus rostros reveló alegría confusa, mientras la ventisca se saturó de algo parecido al amor. Verse de nuevo les devolvió un sentimiento que carece de nombre, que no se explica, que no se entiende y que ellos no sabían que les hacía falta, solo hasta ese momento, pues habían olvidado el sabor que produce la complicidad de los corazones que comprenden el silencio. Se sentaron en la arena y entonces por fin, pasado el tiempo suficiente para caducar un resentimiento sin sentido, mostraron la verdad.

–¿Por qué te fuiste? –preguntó.

–No lo hice nunca –respondió con cierta aversión–. Esperaba que me buscaras.

–Lo hice.

–Pero no con la suficiente insistencia para demostrar que te importaba.

–No has dejado de importarme –encaró el reproche–. También sentí no importarte.

Aislaron las miradas por un momento, intentando disimular la vergüenza de reclamos vencidos.

–¡Que estúpidos somos! –esbozó una sonrisa.

–Se nos fue el tiempo –señaló como insistencia.

–Pero no la vida.

La arena les brindó comodidad, las olas se volvieron prudentes y el ambiente secreto tuvo la intención de ser testigo silencioso.

–¿Recuerdas el sueño que tuve contigo en el mar?

–Claro, no quisiste lanzarte –dijo con ironía.

–Siempre quise lanzarme.

–Nunca lo hiciste.

–Metí los pies.

–No es lo mismo.

–¿Crees que es muy tarde?

–Nunca lo es.

Sus vidas saboreaban el dilema de amores contrariados, en el que se anteponía siempre lo absurdo. Cuando se conocieron, exploraron una familiaridad que les hizo creer conocerse de toda la vida; una confianza inmediata que durante largos ratos los obligaba a estar cerca. Pero era ridículo admitirlo, ambos ocupaban sus corazones en personas diferentes. Mantenerse conducidos por un sentimiento primitivo suponía una vaga expectativa. No podía haberla. Sin embargo, el tiempo hizo lo suyo y en los meses siguientes, ajenos a lo que hubiesen querido, se hallaron libres y resueltos a confundirse en las siluetas que les pintara la vida. En un acto casi inconsciente, un día de marzo, recuperaron la comunicación. Prontamente se habían convertido en fuente de inspiración para el otro, habían adquirido la capacidad de admirarse mutuamente y fueron testigos exclusivos de sus viajes, de sueños cumplidos y frustraciones superadas; una auténtica y leal compañía que sufría el único inconveniente de la distancia. Pero ahora se hallaba rota; ya no eran kilómetros los que hacían prometerse cosas imposibles de cumplir. Eran pocos los centímetros que podían reducirse a nada con un solo movimiento, y ese solo movimiento, logró por fin atravesar la duda. Sin más advertencia que la revelación cómplice de sus rostros, sucumbieron al deseo que se cansaban de guardar, atreviéndose por fin a darse un beso. Descubrieron lo posible y sus portentos; una serendipia piadosa que devolvía la ilusión de lo que alguna vez imaginaron. Lo que antes parecía amor, era ahora la confirmación del amor. Brutal y desmesurada sensación de promesa cumplida. Lo que sintieron siempre y callaron siempre les desbordó los cuerpos y trascendió al aire, al agua, a la arena. Dejaron de pertenecerse a sí mismos para pertenecerle completamente al otro.  

–Soñé con estos tantas veces…

–Ahora ya no es un sueño.

–¡Qué ironía!, hablamos tanto de hacer este viaje juntos y ahora que no nos tenemos, aquí estamos.

–¿Crees que no nos tenemos?

–Solamente puedo hablar por mí, y confirmo que te pertenezco –reparó–. Pequé por confiarme. Siempre vi nuestra historia como la versión alternativa, la que nadie espera que pase, pero pasa. Me gustaba lo nuestro, lo disfruté todo, hasta nuestro comienzo accidentado, porque me demuestra algo muy grande: que las situaciones imperfectas construyen experiencias inéditas. Pero al parecer no lo viste así; esperabas la versión convencional que narran los clásicos. Por eso nunca me percaté de que no hallabas comodidad en lo nuestro, y aunque quizá lo expresaste, logré camuflarlo sin maldad en la complacencia de las especiales conversaciones que sentía como nuestro lugar seguro.

El posterior silencio les hizo pensar en que no era tiempo de dejar escapar ninguna nueva oportunidad y que de ahora en adelante cualquier lugar era conveniente para amarse. Rozaban sus labios con la piel; sentían con extrema ternura el contacto erizante. Algunas delicadas lágrimas de emoción se asomaron. Tenían la respiración profunda y sincronizada y sus dedos jugaban como niños traviesos por el cuerpo del otro. Por las piernas, por el cuello, por toda parte que encontraban se llenaban de besos. Sin darse cuenta se hallaron con eternas ganas de quedarse sumergidos en la piel del otro, ahogando la tortura de la ausencia y celebrando el encanto del fortuito reencuentro. Sus oídos recibían cautelosos las caricias que se hacían con el borde de la nariz. Acentuaban con profunda pasión los versos que brotaban del alma complacida y se encerraron en un universo de placer que era solo comparable con tocar el cielo. Sin darse cuenta, en el escondite que supone un rincón en la inmensidad del mar, incursionaron en el consagratorio oficio de hablar sobre amor y hacerlo al mismo tiempo.

–La última vez que hablamos se notaba tu indiferencia.

–Fue tu responsabilidad.

–Siempre me responsabilizaste –le apretó el cabello con extrema ternura y le obligó a suspirar.

–Quebraste la confianza. Me dispuse a todo, pero creo que solo me hice una idea de ti, lejana a la realidad.

–Actué con honestidad. Fue un gesto de responsabilidad contigo reconocer que quizá no era el momento –acentuó el movimiento de sus caderas.

Sus cuerpos sollozantes desentendían el significado de las palabras; preferían estamparse en la arena para imprimir la forma que tiene el amor.

–¿Recuerdas cuando nos conocimos? –preguntó conociendo la respuesta–. Cada ayuda que te pedí, cada momento en que te busqué excusándome con nada, no era más que un pretexto para hablarte.

–También quería estar cerca de ti en esos momentos.

La voz seguía el ritmo de sus movimientos y ocupaba un tono de incontrolable deleite.

–Fue fuerte conocer después que estabas en una relación.

–Nunca descubrí de que se trató. Sabía que no ocurriría nada, que no podía pasar nada. Sin embargo, no dejé de recordarte por mucho tiempo, hasta que por fin volví a saber de ti.

Las palabras se ahogaban en sus besos y con frecuencia daban espacio al silencio. Sus cuerpos se invadían de placer y sus almas se abrumaban de paz. Le puso las manos por encima de la cabeza, juntó sus muñecas y las apretó con su puño como gesto de esposar, mientras sus caderas temblaban gustosas.

«¿Cuál es el sueño de tu vida?» –se preguntaron una vez. Cada respuesta que daban los acercaba más a la complicidad. Hablaron de cómo había ocurrido todo: de la vez que fragmentaron la magia por el exceso de sinceridad, de las promesas de compartirse el amor cuando en la distancia deseaban ocupar la cama del otro y de la forma especial en que sus llamadas parecían corresponder a el reencuentro de almas que quien sabe en qué mundo y en qué otra vida se quisieron tanto. Una de esas noches, antes de colgar, hablaron de sus vidas pasadas y uno de ellos, casualmente comentó que escribía sus historias. Le pidió leerlo y no tuvo reparo en compartirlo. Eran momentos de silencios prolongados de ambas partes y una que otra risa nerviosa cuando, cada quién por su lado, avanzaban en las páginas. Sus corazones se iban congelando por partes y la paz y tranquilidad de quien lo había escrito se tornaron grises. Toda la esencia de lo vivido en esas horas se desvanecía en el sopor de la soledad. Los teléfonos colgaron justo al terminar de leer una historia que había escrito cuando amaba a otra persona. Fue razón sufriente para volver a distanciarse. Quizá era de esos intentos fallidos que se volvía aliciente en la adversidad, porque a pesar de eso, continuaba la intriga de seguirse descubriendo.  Después de un tiempo volvieron a hablar, esta vez los excusaba el sueño del mar. En él, ambos se encontraban en un balcón gigante carente de barandales. Al fondo todo lo ocupaba el mar. Un agua cristalina les invitaba a zambullirse en sus entrañas y disfrutar de la tranquilidad de su gracia verde turqués. Debían lanzarse según lo ameritaba el juego. Pero fue incapaz de hacerlo. Figuraba en el diccionario de los sueños como una predicción de éxito y tranquilidad. El lanzarse juntos supuso para ellos sumergirse en un universo nuevo de inmensa fortuna y dicha, pero en el sueño no pasó.

–Lancémonos ahora…

–Imposible. Es una locura.

Afirmó los pies en la arena, le extendió la mano y se aproximaron a la orilla.

–Hagamos verdad la metáfora.

–No soy capaz.

–Entonces quien teme lanzarse eres tú.

–Estuve al borde del abismo siempre. Con los ojos cerrados lo hubiera hecho, pero te recuerdo que tú me hiciste cerrar mi corazón cuando lo dispuse todo para ti.

–Ya eso pasó. Te demostré después que estaba contigo al borde del abismo también.

–Pero cuando eso pasó ya era tarde.

–Lo acabas de decir: nunca lo es.

Los abordó el silencio y la duda. Quizá si era tarde para muchas cosas ya. Se miraron, se tomaron de la mano y avanzaron un paso.

–¿Y si algo nos ocurre?

–¿Habría algo peor que estar sin ti?

–Morir.

–Estar sin ti es andar medio muerto.

Avanzaron otro paso y mojaron sus pies.

Después de la revelación del sueño tuvieron encuentros nunca planeados. Quizá por eso habían comprendido que su relación dependía del azar y no de la voluntad. Por más que quisieron no les fue permitido cumplir sus planes, pero cuando se hallaban resignados, volvían a coincidir. Habían logrado conocer sus casas y a sus familias. Cada que parecía llegar la consolidación de una relación, alguno dudaba y trastabillaba. Primero fue él al sentir que la relación anterior dejo grietas que debían ser remendadas antes de adentrarse por completo a una nueva ilusión. Cuando se convenció de hacerlo, fue entonces ella quien afirmó que no merecía la mediocridad que él brindaba y fue ella quien decidió acabar con el juego bromista que la vida les ofreció. Lo culpó a él, a la supuesta indiferencia que le profesó. Quizá, como concluyó más tarde, su corazón estaba dividido entre la decepción y las intenciones de oportunidad y así permaneció por mucho tiempo, a la deriva como en un naufragio. A veces él era tormento, mientras ella era paz. Otras tantas invertían los papeles con descoordinación en sus sentimientos, pero a pesar de eso guardaban consigo la conciencia de un magnetismo inexplicable que los mantenía enlazados bajo la invisibilidad del mundo. Y quizá era esa su forma de funcionar: alternar y complementar lo que en contados momentos al otro le hacía falta.

–Si el tiempo nos ha permitido conservar lo bueno por encima de lo accidentado, de la torpeza de mis pasos y de las desilusiones inmaduras… ¿no crees que es hora de sumergirnos de una vez por todas?

–No tengo dudas que nuestra historia ya estaba escrita así y que es en vano tener intenciones de cambiarla, pero no sé si es este el momento.

Lograban entender los pasos que habían dado, pero ¿Cuáles seguirían después? ¿Ahora que quería la vida? ¿Por qué los cruzó nuevamente y justo allí? ¿Por qué les obligo a desentrañar recuerdos y sentimientos que hibernaban eternamente? ¿Tenía sentido cuestionárselo e intentar comprenderlo?, aunque los atiborraba la intriga, ahora solo querían caminar y adentrarse cada vez más a un mar oscuro que poco se parecía al del sueño, pero que al fin y al cabo era el mar. Hundieron sus cuerpos en el oleaje y se perdieron de vista en la profundidad. Pasaban los segundos mientras el agua de la que emanaban pequeños destellos como constelaciones submarinas los abrazaba por completo. Emergieron temblorosos y sonrientes, atrapados en una complicidad eterna. Él la apretó a su cuerpo hasta sentir sus pechos, besó sus labios salados con la ternura de la primera vez y le dijo al oído imitando el estribillo de un verso recién compuesto: es un placer volver a verte.

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